sábado, 7 de abril de 2007

CRÓNICA

Y ENTONCES YO TAMBIÉN SUFRÍ

“Y, desgraciadamente, el dolor crece en el mundo a cada rato, crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces y la condición del martirio, carnívora, voraz es el dolor dos veces y la función de la yerba purísima, el dolor dos veces, y el bien de ser, dolernos doblemente…”
(Poemas humanos)


“Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema”. Aún reposa en mi mente, aquel día en que por primera vez llego en mi busca aquel dolor, el dolor de vallejo. En medio de la multitud, cuando tan sólo contaba con catorce años de una vida sosegada y unidireccional, y no se había afianzado aún mi gusto por la literatura, me llego a través de su poesía, su sufrimiento, ese sufrimiento que a través de su mirada insensata pero sensata provocaba el mío, y, a la vez, me apasionaba por la poesía.

Esta frase produjo en mí un sobresalto que jamás hubiese imaginado, me hizo sentir las caídas hondas de los cristos de mi alma, fue una sensación que por un momento me hizo olvidar el pasado, mis tradiciones. Se produjo en mis entrañas una afán por este autor, pero tan solo contaba con catorce años de edad, así que mientras encontraba vestigios o veía de nuevo la persona que alguna vez había leído esta frase a mis espaldas, para que pudiera hablarme de su autoría, ella tintineaba y tintineaba en mi mente, era un eco fuerte y ensordecedor, un eco que producía en mi un brutal desasosiego. Era entonces, despertar en mis profundidades el temor a la conciencia, el temor de sentir que milenarias generaciones sufrían y padecían la pobreza, Era el temor por la pobreza de indulgencia y conciencia de los ricos.

Y fue esto lo que me codujo a vallejo, después de haber escuchado esta palabras mis instintitos no se silenciaron, poco después tuve la oportunidad de indagar por el autor y padecer con él su dolor. Leer a Vallejo, era sentir que el alma de alguien había escrito alguna vez en Perú, lo que provocaba mi gusto por la literatura. El hecho de sentir que después de estos versos:

“Todos mis huesos son ajenos; yo tal vez los robé!”
(El pan nuestro)


Me asaltaba la congoja de estar robando a los demás y de sentirme responsable de una parte del dolor de los hombres; el hecho de acusarme por estar ocupando un lugar que posiblemente era destinado para otro, producía en mi una sensación que jamás creí sentir leyendo.

Vallejo llego a la vida de esta sedienta, como la comida al hambriento. Entonces, los días dejaron de ser para mi simple indolencia y retomaron sentido con este peruano, empecé a sufrir los golpes fuertes de la vida y sentir la satisfacción de la literatura, pero una satisfacción que dolía. Aún siento el hambre desatinada de leer “El pan nuestro” o las heridas de los golpes de “Los heraldos negros”, también siento el dolor del corazón de Dios de “Verano” así como la desesperanza de “Los dados eternos” y lo que me duele cada día más la miseria de “La rueda del hambriento”.

Aún te siento a ti Vallejo, porque aún te leo, porque siento el dolor de tu alma que salpica en la mía. Sentarme a leer Vallejo, era sentarme a sufrir de la mejor manera, con la literatura; era, en aquel entonces del que hace más de los años necesarios, sentarme a leer su aliento, su sombra, su espíritu. Y fue así, como en aquel tiempo que aún vivo, disfrute su cercanía como puedo disfrutar el aliento de la persona amada en mis más humildes bajíos.

1 comentario:

Juliana dijo...

Iri, fuiste tú la que me llevó a leer a Vallejo, a conocer y a sentir su sufrimiento. Por eso me consta que entonces tambien sufriste.