miércoles, 14 de marzo de 2007

UN MAL PRÓLOGO


"Una autobiografía referente a mi experiencia con la lectura y la escritura”; tan pronto escuché esta frase que me indicaba lo que debía hacer para la próxima clase, una sensación confusa y nerviosa, como diría una buen amiga, irrumpió en mi rostro, o más bien nostalgica. Estas pocas palabras trajeron miles de recuerdos a mi mente, recuerdos tan tristes que mis parpados sólo querían abrirle paso a gotas cristalinas que pedían a gritos salir y contar lo que hasta ahora había siso mí recorrido en la literatura.

Lamentablemente, no podría mentir ante tan fatídica experiencia, ni olvidar su inicio en la serranía de Codazzi Cesar con la profesora Leonor –cuyo nombre jamás olvidaría –. Ella nos sentaba alrededor de una mesa hexagonal a transcribir textos de un libro que muy amablemente ubicaba en le centro de ésta, apoyándolo en una vasija utilizada como florero. Difícilmente, nos percatábamos del tema del texto, pues mientras lo transcribíamos de una u otra manera nos enterábamos de él. En estas pocas palabras se podría resumir la monotonía a la que mis cuatro campaneros y yo debíamos subsistir, en la antigua escuela de la serranía del Perija.


Pero el suplicio no acababa ahí, esta tarea se hacía aún más tormentosa cuando llegaba la hora de las evaluaciones. Después de transcribir esa cantidad de páginas, debíamos empezar a memorizarlas si queríamos buenos resultados en la calificaciones. Aún me veo sentada en un taburete, reclinado hacia la pared, en el largo corredor que quedaba frente a las habitaciones de los obreros, abriendo los ojos para leer cerrándolos para memorizar durante largas y tormentosas horas en el atardecer. Lo cierto, es que a mi corta edad no veía ningún inconveniente en hacerlo, incluso lo disfrutaba; creía que no había nada mejor que la metodología de la "seño Leonor" –como le decíamos en la vereda –, y por eso depositaba toda mi confianza en ella.


Era así, como en las tardes tan pronto concluía la jornada escolar, corría entre los cafetales para llegar lo mas pronto posible a la casona, cumplir con la tarea del día, y dedicarle el tiempo que me fuera posible al estudio. Tan pronto almorzaba, me ponía el catabre en la cintura y me iba a recoger el café que se les deslizaba por entre los dedos a los recolectores, en tiempos de cosecha, para posteriormente sentarme en el taburete a memorizar las largas lecciones que parecían no aburrirme, pero que, aunque no lo notara, sin lugar a dudas tampoco me entusiasmaban. Lo poco que aprendí en este tiempo, se lo debo a mi madre que entre atender a mi padre, a mis cuatro hermanos y a los obreros, me enseñaba a leer y me facilitaba el Nuevo Testamento para poner en práctica lo que aprendía.


Así transcurrió mi básica primaria, sin dejarme algún legado valioso y dando paso a la secundaria que coincidió con la mudanza de la familia a la capital del Cesar, Valledupar. Entonces, empezaron los estudios medios que no me ofrecieron más de lo que ya conocía, sino hasta los grados décimo y undécimo en los que conocí a la única profesora que nos ponía a leer libros que ella se encargaba de seleccionar. Estos eran evaluados en dos partes: la primera, especies de tertulias en las que identificábamos el tema principal de la obra- como ella nos lo hacía ver –entre otros aspectos de la misma; y la segunda, una evaluación escrita en la que hacía preguntas literales al respecto, para lo que debíamos memorizar muy bien lo que ella llamaba aspectos importantes de la obra (personajes, autor, idea principal, etc.). Sin embargo, su metodología resultó enriquecedora para el grupo, pues en las tertulias no sólo traíamos a colación el tema principal del texto, sino que también se ponían en común los diferentes puntos de vista de mis compañeros, hasta llegar a un acuerdo común o quedar en desacuerdo.


Además, tampoco critico las evaluaciones escritas, pues siempre es importante precisar particularidades de los textos, ni el hecho de que fuese ella la que designara las obras literarias, ya que nosotros no teníamos criterio para hacerlo. Se puede resumir entonces mi secundaria en un sabor agridulce de haber conocido y no haber conocido nada, como siempre lo sará con la literatura.

Pero esta terrible historia no parece llegar a su final. Paradójicamente en la actualidad estudio lic. En español y Literatura y aunque no hay justificación el tiempo pasa y así pasan los libros por mi vida, sin poder detenerlos. Entre tanto yo aquí, en esta lejanía, con el deseo insatisfecho de leerlo todo, mientras las cosas que hago no me satisfacen.


Esta historia, espero no haya acabado aún y, como las historias que contaba a mis hermanas en medio del canto de las ranas y las chicharras, durante las noches en la casona en medio de la pequeña finca cafetalera de mi padre, nunca encuentre su final…


1 comentario:

solomocos dijo...

las aves que siempre han conocido la realidad atadas a una carcel, cuando son libres o encuentran la libertad, añoran por largo tiempo su pasado de barrotes. otros casos como el tuyo, se entregan a una orgia de visiones, buscan lo jamas aprendido.

no cometas el craso error del hombre obligado a la inanicion y cuando por fin frente a un manjar come con glotoneria y muere, porque su organismo no es capaz de digerir tal cantidad.

poco a poco, debes devorar el alimento literario y ya cuando tu mente este preparada puedes acometer el manjar a diario, disfruta las letras, acarician como nunca lo podran hacer las torpes manos del hombre.

tu futuro es tu recuerdo, atesora la vida ya no existe